- Carlos Vallejo Moncayo (Quito, 1973), la voz masculina más intensa del volumen. En esta selección como antes en "La orilla transparente", premio "Aurelio Espinosa Pólit", 2007, lo sentimos en busca de la palabra poética, aunque este consciente que "Quien sale/ se funde, otra vez/ en el espejismo". Esa fantasmagoria es lo poético, tan pronto "cántico de luciérnagas minerales", como "alarido que no cesa".
Es tal la compenetración del poeta con su oficio, que la hierba sobre la que quisiera recostar al ser amado son sus papeles; pero el momento mas expresivo del proceso lírico lo hallamos en este breve texto: "Apartar lo blanco de la luz:/ ver sangrar/ al animal transparente." En realidad, el poeta esta obligado a ir mas allá de la apariencia; su sino es descubrir y transmitir el misterio, lo que esta en la raíz misma de los seres y las cosas.
(Jorge Dávila Vázquez)

 

- Con la evocación mágica que permiten imaginar sus iniciales (C.V.) y su apellido de predestinado que convoca el espíritu atribulado de su cuasi homónimo, el genial peruano nacido en Santiago de Chuco, Carlos Vallejo desarrolla una propuesta de texto corporal, un decir y un devenir orgánico, latiente, una escritura viva donde "el vacío no es el vacío", donde la palabra desmiente la ilusión de la nada.
(Rafael Courtoisie)

 

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¿Cuáles son las motivaciones que te llevaron a escoger los poemas que seleccionaste para LA VOZ HABITADA?

Por consenso decidimos englobar los textos seleccionados al amparo de un título. Espejo de altura fue el nombre de mi selección, que obedece principalmente a la relación individual con los elementos de siempre: el aire, la luz, la noche, el agua y su relación con la humana expectación, elementos que, además, abundan.

¿Cómo empezaste a escribir y cuándo se dio el paso de principiante a trabajar de manera formal tus textos?

Desde que descubrí que la palabra guarda un gran poder, y que reflejaba la medida de mi propia torpeza y mi propia inteligencia. Sin embargo se me confunden las fronteras de principiante a lo que se diría un profesional, puesto que escribía ferozmente y rabiosamente sobre todas las cuestiones imaginables y en ese entonces no había seriedad en mi obra. Ahora que la tomo más formalmente escribo muy poco, sin embargo la examino al amparo de ismos, tendencias, autores contemporáneos, para embellecerla a la vez que darle a mi voz ese algo que pudiera detectar el público como mío. Y es en este sentido de encontrar mi voz en lo que considero estar aún en el plano del principiante.

¿Qué temas trabajas con mayor frecuencia en tu poesía?

En estos años se me ha dado por explorar el aire, la sombra y el agua. Entiendo que me aburriré y pasaré a los edificios, a las profesiones y qué sé yo.

¿Qué necesitas para escribir un poema?

Necesito un diccionario, metáforas, libros o el Internet para indagar todo lo que se encuentre sobre ese tema: desde la química, la culinaria, la poesía, la sociología, el deporte, etc. Una vez hecho eso, repito el ciclo, es decir, vuelvo al diccionario, pruebo metáforas más potentes, me remito a nuevos libros y a nuevas materias y, cosa de necios, vuelvo a repetir el ciclo hasta que el poema reviente o dé algún fruto.

¿Qué consideras que los siete autores de este libro tienen en común y qué de diferente para juntarse en un proyecto conjunto?

En común, me parece, cierto apego por el silencio, la economía de palabras, la utilización de muchos planos evocativos.

 

(Entrevista por Lucia Lemos a Carlos Vallejo Moncayo, 2008)

 

Carlos Vallejo Moncayo

 

SELECCIÓN POÉTICA

 

VIENE UN CUERPO

Viene un cuerpo y se interpone el aire:
aire entre el aire, máscara del vacío,
vacío tenso, aire que observa.

Viene un cuerpo: plumas, dardos, uñas, minutos,
centímetros, ahí, brotando de la muerte,
como un intruso o una pregunta,
hacia la tierra sin límites de la carne,
a su piel prometida: fruto, brasa, ola, espejo;
ya lo esperan su sombra,
un puñado de arena, una estrella,
un mapa escondido entre las manos…

Viene un cuerpo y se interpone el viento.

Al otro lado de los signos la vida permanece aún vacía,
espera arrodillada en los bordes del encuentro,
con su pan y su geometría,
con su sueño extendido y su regazo en blanco, la vida
oye, divisa, ve, presiente:

sin embargo, nada, viento.

Qué amor le cederá su forma, qué cántaro, de qué agua,
qué puerta, dónde el relámpago del mundo,
qué llave o roce invocará su sombra
e izará el fuego donde despierte la rosa,
qué pregunta suscitará el alba.

Viene un cuerpo y se interpone la luz,

luz de sueño,
donde no alcanzan los párpados a tentar un boceto,
un minúsculo instante de infinito:
-no siglos, el agua de los siglos, ese mar-,
solo luz estéril, allá, lejos del cuerpo,
faro desierto entre las islas.

Viene un cuerpo y lo interrumpe el miedo.

Qué perfume de qué mármol
permanece al reverso de la muerte
cuando los lugares familiares se remitían al júbilo de una lámpara,
qué dolor antiguo, desde cuándo el viejo cuerpo se hizo niño…

Habrá que abrir las ventanas del mundo
para que el deseo cante otra vez a sus muertos,
habrá que volver a empezar, antes de los labios,
hasta alcanzar la señal primera,
el motor del verbo, esas novísimas aguas,
y profanar el lecho donde tiembla un cuerpo:
centro de la tormenta.

Viene un cuerpo a ciegas,

como un rumor tras los umbrales, como el azar,
como el instante en que se rompe la piedra
en el sueño del agua:
se acerca
gravemente enfermo de un dolor cristalino,
se adivina su humilde huella,
tan contigua,
ya habrá cómo besarlo:
llegarán multitudes de hombres,
llegará el amigo, el hijo, el compañero del hombre
a observar su silencio, a mirar sus días;

se ha hecho una grieta en el aire,
viene un cuerpo,
se presiente un latido, y no es en vano,
ha dado su primer paso,
escuchen:

 

NOCHE

Buscar lo intacto
con el índice del que sueña,
con la mano infinita del muerto.

Vagar como un grano de realidad
en el desierto,
desierto entre los párpados.

Disolverse en aquello que se hunde:
las figuras de la lluvia entre los charcos,
un zapato empapándose de muerte.

¿Qué sucede entre lo innombrable
y la roca intacta del que mira?

Junto al espacio un segmento desnudo,
una flor rota por el viento y la noche,
un pez en el muro,
miles de páginas cerradas,
aire en el mar, un suspiro que hincha las velas…

Es el viajero,
la brisa de los trenes que nunca parten,
un escritorio cubierto de miedo,
y unas maletas llenas de papeles, de tinta: apariencias.

Es el barco vencido antes de la madera
y del árbol,
mucho antes de la semilla y su sueño…
mas el viajero parte hacia las frías arenas,
hacia las torpes banderas del tiempo
y divisa un territorio, una promesa en el viento,
una línea entre las manos:
es la noche, es el cansancio,
es la sombra del peregrino atravesando los cristales.

 

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