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Efraín
Bartolomé
UNA ANTOLOGÍA DEL AZAR
Un día chasqueó la Diosa su
luminoso látigo y éste le obedeció:
se enroscó en la mitad exacta del planeta y la punta,
como un respe de fuego,
me señaló un país, una región, un
mundo.
Al frente el gran Océano.
Atrás el macizo continental, nunca más macizo.
Hablo del Ecuador: latitud cero: días
y noches salomónicos.
Y casi todo estaba ahí
Mas en la quietud del páramo y en la quietud del llano
hacía falta la voz.
Llegó en oleadas.
Aquí viene una de las más recientes:
tropel sonoro de centauros jóvenes
o infame turba de nocturnas aves
Aquí vienen: terrestres y celestes:
de las altas alturas
y de las vastas llanuras frente al mar.
De las atmósferas secas y de las atmósferas húmedas.
De las gélidas temperaturas de la cordillera y de los
tórridos climas de la costa.
(No hay nadie de las verdes llanuras amazónicas
y yo, un lector mexicano nacido en lo que fue la Selva Lacandona
pero avecindado en la meseta del Anáhuac,
el alto valle metafísico que dijo Alfonso Reyes, ya lo
estoy extrañando.)
Ellos me dijeron que
este libro no es una antología de textos
este libro no es una antología de autores
este libro no es un remitido generacional
este libro no es el producto de un grupo o taller
Y, sin embargo, también es todo eso
Cada autor antologó sus textos.
Los siete autores integran un grupo que la amistad unió.
Los siete nacieron entre 1972 y 1973
y sólo 18 meses separan al mayor del menor.
A los siete les gusta
eso dicen, al menos, a ver quién se los cree: yo,
por lo pronto, no
considerarse de bajo perfil.
Tienen, incluso, una explicación psico-sociológica
para tal hecho:
en su patria el ego literario está muy lleno y siempre
dice ocupado.
Me gusta que no se escuden en el género:
estos siete seres humanos se asumen poetas ante todo
e integran un grupo mixto casi equilibrado:
con un ligero y agradecible desbalance a favor de las mujeres.
Los siete se divierten juntos,
Los siete tienen una propuesta poética: eso creen y creen
en eso.
Este libro es, pues, una antología, de textos y de autores,
un remitido generacional, un producto de grupo,
un homenaje a la amistad y a la coincidencia:
es una antología del azar.
Cada cual por su lado, los siete han hecho cosas por la literatura
y la literatura les ha concedido un espacio.
¿Se los concederá también la Poesía?
Por eso están luchando y en eso les va la vida.
A las antologías suele tachonearlas
el tiempo, a veces, con demasiada saña.
Con esta antología del azar ¿se
estremecerá la hoja del gran árbol?
¿Se moverá la fina aguja del sismógrafo
nacional?
Veremos, dijo Homero
Por lo pronto aquí vienen:
Son Marialuz Albuja (Quito, 1972), Ana Cecilia Blum (Guayaquil,
1972),
Julia Erazo Delgado (Quito, 1972), Carlos Garzón Noboa
(Quito, 1972),
Xavier Oquendo Troncoso (Ambato, 1972),
Carmen Inés Perdomo Gutiérrez (Esmeraldas, 1973)
y Carlos Vallejo (Quito, 1973).
Todos formulan una poética y a mí
me da por preguntar:
¿Es eso necesario?
¿Se corresponden las poéticas declaradas con los
resultados poéticos?
¿Hay puntos de contacto entre las diversas poéticas
del grupo?
¿Hay similitudes entre estas posiciones
y las de otros grupos u otros creadores en singular?
Ya harán su labor los críticos,
los profesores, los historiadores de las letras.
Yo hago constar aquí mi entusiasmo
de oro y mis mejores deseos.
Que se estremezca, así sea levemente,
la hoja del gran árbol ecuatorial
Que el sismógrafo indique (Oh Bardo Rei)
que hubo un leve temblor en las vértebras magnas de los
Andes
La poesía de Ecuador está esperando
desde hace mucho
su Cotopaxi o su Chimborazo.
Aquí vienen
Nadie los llamó.
Solos se acercan a la sagrada llama.
Sin piedad, lectores: exijámosles todo.
Que su obra sea del tamaño de su ambición.
Efraín Bartolomé
México, D. F., Primavera del 2008.
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