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La publicación de LA VOZ HABITADA, por Eskeletra y El Ángel Editor, marca un hito en la historia de la lírica reciente del país. El subtítulo del volumen: Siete poetas ecuatorianos frente a un nuevo siglo, creo que lo dice todo: son siete voces de escritores treintañeros (todos tienen entre treinta y cinco y treinta y seis años), dueños de un poderoso discurso literario, y que eligieron para esta selección algo de lo mejor que han producido hasta la fecha. Además, son autores que venían trabajando, y en ciertos casos publicando, desde la última década del siglo anterior, y que entran con este volumen, y con paso firme, en un primer estrato de su madurez poética. Cada uno de ellos se expresa en un tono diferente, enfrenta el mundo y la realidad de modo absolutamente personal y convencido, configurando su decir y su cosmovisión de forma identificable, individualizada, dentro del gran todo de la lírica ecuatoriana actual, y en conjunto nos dan una muestra clara de lo que se hace en el terreno poético nuestro, en este momento. No es la selección absoluta, ni el libro después del cual vendrá el diluvio, ni es esa, por fortuna, la actitud de estos jóvenes creadores, pero si es muy respetable que se hayan unido al cobijo de un titulo común y que, cantando de manera diversa, no lleguen, en ningún momento, a la disonancia. Agotar las posibilidades interpretativas de la expresión de siete autores no es cosa fácil, ni puede ser el cometido de ninguna presentación de libro, salvo que uno quiera curar del insomnio a los presentes, pero algo quiero compartir con ustedes de las preocupaciones y logros de esta empresa, hermosa tanto en lo formal cuanto en los contenidos. Maríaluz Albuja Bayas (Quito, 1972), en el pórtico de su sección, llamada Huella en la tierra, proclama como una especie de poética: ser siempre búsqueda, y en su continua indagación en pos de un receptor imaginario o real, parece a ratos monologar sobre las esencias de lo poético: enciende tu luz, serás nada en la sombra, Pude haber sido Ulises, Helena, Juan Bautista. Los dramas íntimos de la poeta, su búsqueda de la claridad, su sentimiento de aniquilación, su sentido de universalidad emergen en sus composiciones. Además, parece inquietarle la escritura como algo cósmico, por ello, dice a uno de sus tú líricos identificable con su desdoblamiento-: Serás lo que llevan escrito/ las olas/ la luz/ la marea. Ana Cecilia Blum (Guayaquil, 1972), en Lejos de los trópicos, aparece como una de las voces fundamentales de la lírica femenina de hoy. Sus textos, tanto los que nos muestran conflictos íntimos, como esa antitesis de fragilidad/energía: Y SI HAY ALGO QUEBRADO/ no soy yo /aun estoy entera/ me sostengo; cuanto los que hablan de cuestiones colectivas: donde las brújulas te lleven/ unas penas te acompañan; se construyen con admirable fuerza expresiva y con un gran sentido de la economía, que caracteriza a la mejor poesía actual. El drama del desarraigo produce
conmovedoras piezas poéticas, en una escritura discreta,
pero brillante; así, La que se fue: Camina en otras
calles/ sucumbe en otra lengua/ Lejos de su casa/ escoltada por
el anonimato, con la alforja vacía de país y herencia/
asiste/ al velatorio del espejismo. Tintas doradas sobre fondo negro es la selección de Julia Erazo Delgado (Quito, 1972), y reúne una serie de composiciones sutilmente ligadas a lo onírico. Tréboles de cuatro hojas ascienden al cielo/ arropan mi cuerpo desnudo, por ejemplo, es una expresión que recuerda esos cuadros surrealistas en que lo humano y lo natural se fusionan de modo sorprendente. La realidad, sin embargo, penetra en ese mundo de los sueños y lo parte como un rayo, cuando la poeta evoca, enternecida, la muerte de su pequeño hijo: no estas / aspiro tu aliento/ guardo la flor del baobab. Si, mas allá del arte
y sus exigencias de pureza y elaboración, el dolor motiva
algunos estremecidos y bellos momentos de esta poesía
tachonada de rasgos surrealistas. Así, su Josué,
ido para siempre, es moneda de agua que se
escapa/ mas regresa en tardes de lluvia y de llanto. Carlos Garzón Noboa
(Quito, 1972) alcanza en Oficio del paria, momentos
de deslumbrante lirismo. Ya en su poética identifica los
trabajos del abandonado con las tareas de la poesía: es
el inútil oficio del paria/ que, en silencio, remienda
este poema. Ciertos textos breves, ligados al tema fundamental de la producción poética, son de lo más logrado que Garzón haya escrito, como este, de fuertes connotaciones bíblicas: Señor,/ incendia con tu voz/ la zarza del poema. Hay como un eco de poetas de distintas épocas, que sienten la poesía como revelación. Resulta, asimismo, sumamente atractiva la percepción de esos procesos agónicos en los que los creadores parecen sentir una total impotencia ante la escritura, como lo captamos en Saga: Sin Reino, /me exilio/ en el silencio. Carmen Inés Perdomo (Esmeraldas, 1973), en Cánticos de invierno, peregrina a través de la noche, el mar, la vegetación, el universo, tras una palabra destruida entre los labios y, a la vez, en pos de si misma, su cuerpo y sus deseos: me desboco entre tus labios. Su lirismo esta saturado de naturaleza, por eso, para ella la palabra poética es agua susurrante. En su obra, como en la de algunos de sus compañeros, ese purgatorio de la terrible pagina que desafía inclemente al autor, y por el que este cruza en total desvalimiento, es evidente: Me hundo como naufrago en las tinieblas/.// Deambulo,/ desfallecida hasta volver/ en una hoja en blanco. Incertidumbre, parece ser
el signo de algunas composiciones sobre el proceso escritural:
Como crear o desvanecer entre sombras/ un engañoso
templo, / una palabra destruida entre los labios. Si, eso
es el poema: el engañoso templo que logramos levantar
o borrar; ese vocablo que se esfuma sin siquiera ser pronunciado,
a veces, en la oprimente penumbra de la obra no construida. Xavier Oquendo Troncoso (Ambato, 1972), en Nostalgia del día bueno, nos deja una evocación, plena de sensorialismos, enormemente visual (Me quede absorto/ frente a los colores/ que danzan en su luz, dirá en su descubrimiento de la nieve), de lugares, climas y distancias: No hay sabor/ en estos nuevos sitios/ que se hielan; pintura esta que nos pone, reiteradamente, ante su faceta de hombre cosmopolita, con sutileza y melancolía. El viajero impenitente, de pronto, percibe que esos paisajes en los que ha descubierto un mundo de exquisito cromatismo, lo único que existe es una desolación que ni siquiera ha sido cantada por los grandes poetas: En estas soledades, / en estas ausencias frías,/ en estas oscuridades burdas/ todo se contrae/ se contraria/ se corta// // En estas soledades/ me agito/ y tomo un aire/ que no alcanza a ser Y el estupendo libro se cierra con Espejo de altura, de Carlos Vallejo Moncayo (Quito, 1973), la voz masculina más intensa del volumen. En esta selección como antes en La orilla transparente, premio Aurelio Espinosa Pólit, 2007, lo sentimos en busca de la palabra poética, aunque este consciente que Quien sale/ se funde, otra vez/ en el espejismo. Esa fantasmagoria es lo poético, tan pronto cántico de luciérnagas minerales, como alarido que no cesa. Es tal la compenetración del poeta con su oficio, que la hierba sobre la que quisiera recostar al ser amado son sus papeles; pero el momento mas expresivo del proceso lírico lo hallamos en este breve texto: Apartar lo blanco de la luz:/ ver sangrar/ al animal transparente. En realidad, el poeta esta obligado a ir mas allá de la apariencia; su sino es descubrir y transmitir el misterio, lo que esta en la raíz misma de los seres y las cosas. Hermosa la lección de vida y de producción de sentidos de los discursos poéticos que contiene este libro; para mi, y lo digo con total modestia, pero también con absoluta convicción, es, entre otras cosas, la confirmación de mi continua fe en la realidad de nuestra gran literatura joven. Y solo espero que para cada uno de los lectores de la obra sea eso: una constatación, un descubrimiento, la posibilidad de compenetrarse con nuestros nuevos y no tan nuevos autores, y proclamar sus innegables cualidades de carácter netamente literario y su condición de privilegiados testigos artísticos de la época. Jorge Dávila Vázquez
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