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La de este libro es una poesía que se desarrolla en un presente en definición, dinámico, esencialmente mutante. Es una poesía que se ha sembrado en el humus de la tradición y que comienza a cosecharse hoy, una poesía que es promesa y a la vez afirmación, objeto estético incipiente y concreción nítida a la vez. La voz habitada es una propuesta múltiple, indicio fortísimo de varias vocaciones creadoras y de varios proyectos estéticos conscientes y por sobre todo diferentes- alejados del gesto naif habitual en los rituales editoriales de iniciación y alejados a la vez de una trasnochada irrupción neovanguardista. La voz habitada es aparición
de lo nuevo e incipiente certeza de futuro, posibilidad de proyección. Una recorrida breve y por supuesto incompleta de este volumen permite asomarse a la concreción de una desgarrada intensidad en Marialuz Albuja Bayas. Ecos de Paul Celan y del español Valente pueden advertirse en la exactitud de uno de sus contundentes versos: La composición rítmica y sólo en apariencia sencilla de Ana Cecilia Blum permite al lector relacionar la lectura con la tradición de mujeres poetas latinoamericanas del siglo XX, desde Delmira Agustini hasta Juana de Ibarbourou, pasando por Gabriela Mistral y Alfonsina Storni. Su grito en veladura advierte de la renovación de esa tradición en el siglo recién inaugurado. La percepción sensorial elaborada, el culto de lo sinestésico crea en Julia Erazo Delgado una atmósfera de palabras que evocan un mundo autoabastecido y leve en el sentido que dio a este concepto Italo Calvino en su fundamental ensayo Sei proposti per il próximo milenio. Un eco remotamente bíblico, de imprecación e intensidad luminosa en su propósito de religare a través de la palabra, se resignifica en los poemas de Carlos Garzón Noboa: Señor, incendia con tu voz la zarza del poema. La épica del deseo de descubrir, la conciencia poética de querer saber el mundo, de reconocerlo, es una de las líneas en que se advierte la solvente expresión de Xavier Oquendo Troncoso, junto a la conciencia lúcida del acto literario. Una multiplicidad controlada pero de trazo
pessoiano y formulación personal recorre los poemas de
Carmen Inés Perdomo Gutiérrez, en particular de
su Cánticos de invierno. Con la evocación mágica que permiten imaginar sus iniciales (C.V.) y su apellido de predestinado que convoca el espíritu atribulado de su cuasi homónimo, el genial peruano nacido en Santiago de Chuco, Carlos Vallejo desarrolla una propuesta de texto corporal, un decir y un devenir orgánico, latiente, una escritura viva donde el vacío no es el vacío, donde la palabra desmiente la ilusión de la nada.
Rafael Courtoisie |