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Entrar en este libro es igual que entrar a la Casa de los siete patios, abiertos al sol, expuestos a la lluvia y al ojo voyeur. Me he instalado como inquilino de estos textos y he sentido en la nuca la respiración de cada uno de los siete poetas. Sé a qué huele cada letra y hasta sabría decir si había algún animal doméstico rondando por los alrededores. Eso es lo que puede llamarse habitar un texto, cuyas ventanas han quedado deliberadamente entreabiertas, dejando el paso al aire y a los pájaros -dejando entrever algo, impidiendo verlo todo- sugiriendo, proyectando el presente transitorio y precario del ser hacia lo eventual, lo potencial, lo que tenemos de futurible. Una vez adentro, en plena querencia de la escritura, el inquilino de estas voces puede transitarlas y hasta adoptarlas, después de captar detalles nada nimios que influyen en la meteorología del poema: por qué ventana y y a qué hora llega el sol -cuando llega-, o descubrir después si hay alguna teja rota, una que otra gotera desde donde se ve el hueso de una nube, pero no con la intención de repararlas, sino para poner un recipiente en el suelo. Las plantas del interior siempre agradecen el agua-lluvia. Por otra parte, no conozco un poeta que no ame las nubes. Habitar estas voces, que se reúnen en un gesto coral de siete cuerdas bien afinadas, es también abrir el shungo, juntar el esternón al esternón del otro, tomarle el pulso y conectarse, queriendo saber lo que no nos dicen -por el pudor de lo íntimo- aunque se lo callen, como si la ropa íntima no pudiera colgarse en los alambres de la Casa de los siete patios. No me detendré en elucubraciones sobre la simbólica del siete ni sobre la kábala y sus meandros esotéricos. No viene al caso. Pero son siete, y no en vano. El eje fundador de esta poética parece asentarse en la manida frase del argot popular Para muestra, un botón, una parte del botón, - parecen precisárnoslo las voces de este compendio, en un ejercicio de strip-tease semejante a la danza de los Siete Velos, dejando ver las piernas dislocadas de la metonimia y los pechos desgonzados de la sinécdoque, por ejemplo. Lo que pasa es que una simple ventana es un planeta. Así, cuando hay sol, no se habla del sol, sino de un rayo. Si de lluvia se trata, basta con un fragmento de esa lluvia; si una tela de araña, pues un hilo será más que suficiente; si de un bosque, un árbol; si de un árbol, una rama y un pájaro; si un pájaro, una pluma..., de un amor, el silencio o el vacío; así, el lector, pájaro entremetido y fisgón, termina literalmente dejándose okupary vampirizar por esos ambientes -ya luminosos, ya tenues, melancólicos, existenciales, sórdidos como la urbe, fríos como los países ajenos, o inasibles como los territorios de la conciencia-, husmeando la química de esta poesía, en la que la voz habitada es también singular, pues sabe cantar en solo y a capella, revelando la tersura y los matices antes de ser coral y acompasada. El lector puede, entonces, adivinar e imaginar el resto, el habitáculo y la historia de cada uno de estos poetas: los libros que leen, si prefieren té o café o un vaso de agua; los momentos proclives a la nostalgia; sus aventuras y viajes iniciáticos o no; sus vuelos metafísicos y sus clamores, sin que prime el género, pues las voces femeninas o masculinas se amalgaman y se juntan como anillo al dedo, generando textos enigmáticos, evocadores de una historia personal subrepticia y resbalosa; voces del yo cuestionando su certeza y aglutinándose en una voz plural, proyectando las huellas de su tránsito, dejando avizorar retazos de una realidad presente y fragmentos que imprimen una eventual durabilidad, donde toda certeza es imposible puesto que hombre o mujer parecen atrapados en espacios urbanos anónimos, -el aquí y el allá sin límites-, pero también en esos mundos subterráneos donde deambulan como nómadas de la conciencia. Ausentes de algo o habitados por el vacío, sin ser ni lo uno ni lo otro, -hay que subrayarlo-, estos poetas se exhiben plenamente humanos, en una especie de quietud, habitados por otras vidas, paisajes, ausencias, vacíos y silencios de otros poetas queribles. Toda clasificación -se quiera o no implica un prólogo de un libro a siete manos-, correría el riesgo de parecerse a la enciclopedia propuesta por Borges, en El idioma analítico de John Wilkins, y en la que clasifica a los animales en: a) pertenecientes al Emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas. Ateniéndome a este aserto, y evitando caer en la topografía personal de los nombres, me atrevería a afirmar que, sin pertenecer a ningún emperador ni cacique de pueblo, sin ser el resultado de la taxidermia tallerística, sin formar parte de ningún rebaño, los poetas de La voz habitada son lechones por jóvenes y por suertudos, se agitan como locos, en el buen sentido del término; como buenos poetas ejercen la seducción de las sirenas, y por la misma razón son fabulosos porque parecen marcianos; son perros sueltos, por andariegos y libres; son siete, es decir totales, más que innumerables; por lo que sé, nadie les ha pintado todavía con pinceles de pelo de camello, y no entran ni entrarán al reino del etcétera, porque no son comunes ni corrientes sino todo lo contrario. Cierto es que acaban de romper el jarrón y confiamos que sigan rompiendo muchos más, en esta aldea donde el florón (el jarrón) es monopolio de los poetas con carnet y con estricto derecho de admisión; y bienhecho que de lejos parezcan moscas, porque zumban y zumban rompiendo el silencio cómplice, diciéndonos que algo va a pasar. Seguro que algo va a pasar. Entre los ingredientes visibles
de La voz habitada, apuntamos la reticencia al culto del ombligo,
-culto endémico de y muchos poetas-, sustituido aquí
por el respeto mutuo, la afectividad y el imperio de lo convival
de la vida cuotidiana; la flexibilidad, que deja al descubierto
los contrastes de visiones y relaciones con la lengua; una vocación
por perdurar, es decir unas ganas de quedarse para siempre, mediante
un trabajo sostenido, un oficio que se labra, apoyándose
en un bagaje vital y cultural; y, por último, la movilidad
que les vuelve accesibles desde varios ángulos, pero que
ante todo les vuelve poetas, pues los poetas que
escriben debajo de la cama y que ignoran lo que es una zona de
candela no son en absoluto confiables. Explorar la intimidad esencial,
trazando un puente lúdico con otras voces cercanas, desemboca
aquí en siete misterios confrontados, en siete temblores
conjugados, siete voces que forman una sola voz habitada, como
un atídoto al individualismo solitario. Ramiro Oviedo
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