- Xavier Oquendo Troncoso (Ambato, 1972), en “Nostalgia del día bueno”, nos deja una evocación, plena de sensorialismos, enormemente visual (“Me quede absorto/ frente a los colores/ que danzan en su luz”, dirá en su descubrimiento de la nieve), de lugares, climas y distancias: “No hay sabor/ en estos nuevos sitios/ que se hielan”; pintura esta que nos pone, reiteradamente, ante su faceta de hombre cosmopolita, con sutileza y melancolía.
El viajero impenitente, de pronto, percibe que esos paisajes en los que ha descubierto un mundo de exquisito cromatismo, lo único que existe es una desolación que ni siquiera ha sido cantada por los grandes poetas: “En estas soledades, / en estas ausencias frías,/ en estas oscuridades burdas/ todo se contrae/ se contraria/ se corta//…// En estas soledades/ me agito/ y tomo un aire/ que no alcanza a ser…”
(Jorge Dávila Vázquez)

- La épica del deseo de descubrir, la conciencia poética de querer saber el mundo, de reconocerlo, es una de las líneas en que se advierte la solvente expresión de Xavier Oquendo Troncoso, junto a la conciencia lúcida del acto literario.
(Rafael Courtoisie)

 

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¿Cuáles son las motivaciones que te llevaron a escoger los poemas que seleccionaste para LA VOZ HABITADA?

Los 14 poemas que forman este conjunto llamado “Nostalgia del día nuevo” están concebidos como un poemario, pero por ser un cuaderno tan corto de poesía no podían salir en forma de libro. Así que opté por publicarlos por primera vez en “La voz habitada”. Nostalgia del día nuevo fue escrito en la ciudad de Madrid, mientras seguía un curso de Edición de Libros entre el 2 de febrero y el 15 de marzo del 2004. El invierno había llegado a Europa y se había adentrado en los hombres y en las mujeres que habitábamos esa ciudad. Al salir del cine, alguno de aquellos días, empezó a caer nieve, mientras la ciudad se movía con parsimonia y estrés. Entonces llegó a mí una emoción incontenible. El frío, la nieve y la soledad se fueron haciendo más míos que nunca y el placer fue haciéndose poesía. En eso, recordé que años atrás mi compañera me regaló el libro de poemas Principio y fin de la nieve del francés Yves Bonnefoy, y un tiempo después llegó a mí El libro del frío del español Antonio Gamoneda que llegó a ser mi bitácora de viaje por el país del poema. Aquel día de nieve, el sol estaba ardiendo en otro lado del mundo. Entonces llegó a mí la atmósfera del bellísimo poema del ecuatoriano Rubén Astudillo La luna de Xiam. Todo esto ocurría en mi memoria mientras gabarateaba estos poemas que temo no alcancen a conmover con una emoción parecida a la que tuve al escribirlos, sazonados con el frío y el brillo de la nieve, mientras recordaba a mis pequeños hijos que se habían quedado en la montaña quiteña.

¿Cómo empezaste a escribir y cuándo se dio el paso de principiante a trabajar de manera formal tus textos?

A los 8 años escribía canciones de niños. A los 10 años, mi tío músico me invitó a formar parte de un coro de niños para la grabación de un disco, junto con otros muchachos. Entonces, mi deseo era el de ser cantante. El sueño se trunca rápidamente a la edad adolescente cuando me doy cuenta que no puedo tocar ni un instrumento y por lo tanto no podría arreglar canciones. Las que fueron alguna vez “letras de canciones” se convirtieron en mis primeros poemas. Desde allí no he parado. La poesía hizo en mí un efecto para vivir, para convivir con ella siempre. Gracias a ella conocí los vicios, las debilidades, los grandes amigos, el placer de conversar, la maravilla de saberse consumado con la palabra poética para siempre, el amor, el miedo, la sorpresa, la contemplación, las visiones y el temor a la muerte.

¿Qué temas trabajas con mayor frecuencia en tu poesía?

Se dice que solo existen tres temas que los humanos siguen topando en la literatura y en la filosofía y que forman parte del misterio: la vida, el amor y la muerte, e inclusive se dice que estos pueden ser reducidos a dos: la vida y la muerte; y el amor entre ese lapso. Y lo creo, pero también creo que estos temas grandes contienen diversas aristas para llegar a aquello. Amo contemplar, por ejemplo a través de la poesía. Me parece un ejercicio implícito dentro de lo que la gente llama la sensibilidad. El agua fue un tema predominante en mi palabra, la lluvia en un inicio, y luego las aguas desde la reafimación natural. Aunque los temas sean solo un pretexto para cantarle al misterio de la palabra. Que es el amor, que es la vida, que es la muerte.

¿Qué necesitas para escribir un poema?

Antes no necesitaba nada. Me salían intuitivamente, en el bus, tomando clases en la universidad, mientras esperaba a alguien en cualquier parada o anden, en cualquier parte y circunstancia. Pero poco a poco se ha hecho muy difícil. Ahora necesito descanso mental, haber dormido las horas que la vida exige, estar en paz con mis ansiedades, sentir dolor, leer algo que haya sido absolutamente conmovedor (una película, un poema, una novela), sentir emociones encontradas, fumar un cigarrillo después del primer machote, guardar al machote hasta otro día que sienta lo mismo. Creo que cada vez es más difícil porque la vida obliga a otras cosas que no son escribir poesía, pero ahí estamos dándole y esperando no desperdiciar esos momentos.

¿Qué consideras que los siete autores de este libro tienen en común y qué de diferente para juntarse en un proyecto conjunto?

Bueno, yo conozco a todos hace ya algunos años. Y lo primero que nos ha juntado es que no nos hemos peleado. En este mundillo la envidia corroe cualquier cosa. Esto ya es importante, yo se que es extraliterario, pero es importante para estar juntos en un libro. Creo también que nos une un cierto equilibrio frente a los egos de los coetáneos generacionales. El ego existe, por supuesto, pero no a medidas tan exageradas como en otros poetas. Y también tenemos en común el hecho de que todos somos un estilo, una forma, que no andamos buscando pautas ni remitidos generacionales ni enfrascamientos en posiciones, cada uno, fuera de este libro, piensa lo que quiera de lo que sea. No somos un grupo. Y esto también es lo que nos hace diferentes: el estilo es el hombre. Y el poeta que se repite o que repite a otro está equivocado. Aquí, en muchos casos de nuestra poesía, los vates acostumbran a adorar a un poeta y repetirlo en él o repetirse con él, tal vez con el fin de congraciarse. Terrible error. Nosotros, los 7 de este libro, estamos exonerados de semejante postura.

(Entrevista por Lucia Lemos a Xavier Oquendo Troncoso, 2008)

 

Xavier Oquendo Troncoso

 

SELECCIÓN POÉTICA

 

EL IGNORANTE

Es la primera nieve de tu vida
Pues ayer no eran más que manchas
De color, diminutos placeres, temores, penas
Inconsistentes, faltos de palabra.
(Yves Bonnefoy)

Por primera vez,
la nieve.

Una especie
de reproducción del mundo.

Me quedé absorto
frente a los colores
que danzan en su luz.

Sentí un miedo tormentoso
y unos ojos
en mitad del frío.

¡Desconocida la nieve!

En la mitad de ella algo emerge
antes que las aguas lo reclamen.

 

LO NUEVO

No hay sabor
en estos nuevos sitios
que se hielan.

Aún no esa música de bosque
ni esa luz que guía a Diógenes.

No hay;
empero,
hay sol
y están los sábados
que llegan lentos,
lentos.

Solo dicen presente
los árboles sin hojas,
las ventanas ocres
y unas mujeres ocultas
tras esa lana espesa de frío.

 

LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES

Mis hijos
son esos soles
que el viento necesita.

Aquellos soles
que se asientan
en las semillas
de los chopos,
sobre esa suave colina,
donde se dibujan
pasos de poetas.

Son mis hijos
esas lunas
que se aclaran
en los campos del rey.
Esas estrellas
son mis hijos,
esas luces con aroma,
esos vientos pelados,
esos ladrillos de historia.

Son mis hijos
esas hojas de vino
que se instalan bajo los soles.

Esos poetas,
esas semillas
y esos ventarrones
que se ven desde la
Residencia de Estudiantes,
donde un día
los hijos de los poetas
pensamos en nuestros hijos.

 

LA SOLEDAD QUE SE LE OLVIDÓ A MACHADO

La tarde caía
Triste y polvorienta.
Antonio Machado
(Soledades)

En estas soledades,
en estas ausencias frías,
en estas oscuridades burdas

todo se contrae
se contraría
se corta.

Nada se aclara
se remoja
se crea.

Son soledades verdes,
inviernos con flor de menta,
cielos de petrificada esmeralda.

En estas soledades
me agito
y tomo un aire
que no alcanza a ser,
pero acompaña.

 

FRÍO DE LEJOS

Este frío con números,
este llanto ocultista,
estos huérfanos miedos,
esta nata que se crea en calenturas.

Los amigos que no se quedan siempre,
estas sombras de saberme solo.

Estos vicios que no son compañeros,
esta cama suave que no sueña.

Esta espera de primavera que no llega.

Esta nieve del viento,
estos movimientos de árbol.

Esta visión ciega,
esto que no orienta.

Estas calles visitadas, pero desconocidas.

Todo es Invierno.

También un fruto
en esos árboles sin posición de árbol,
que se ven escuálidos
y que se agitan
como la ventisca
que estoy viendo
en una cañada.

 

EL YO DEL FRÍO

Todo el hombre que llevo
se halla enlatado en esta mañana gris
que no convence a la piel.

Afuera solo hay niebla
y espuma en el cielo.

Hoy el hombre que llevo
no quiere deshacerme
ni empujarme a su vacío.

 

 

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